Cristina Wilhelm

Breve análisis comparativo entre las cosmogonías hebrea y egipcia

In Filosofía on 21 agosto 2009 at 5:41 PM

Por Cristina E. Wilhelm

I_tartesoEl carácter del mito es fundamentalmente explicativo. Sin embargo, en ciertas construcciones míticas de la antigua civilización egipcia, a este carácter explicativo se suma una intención, un propósito. Existe un mito en particular que sostiene que el hombre fue hecho a imagen de un dios bondadoso, que cuida de sus criaturas humanas. Toda la creación fue concebida en función del bienestar del hombre, desde la existencia de plantas y animales de las que pudiera alimentarse hasta la existencia de aire para la inhalación de su aliento vital. Ese dios protegió al hombre y mató a sus enemigos, pero también mató al hombre mismo cuando se rebeló contra él.

Este relato nos revela que los intereses humanos son el propósito último de la creación. Pero escarvando más profundamente entre las líneas, se hace evidente un propósito moral deliberado. Ese dios bondadoso puede dejar de ser bondadoso –hasta el punto de matar a sus propios hijos– si éstos pierden su sumisión ante él. El narrador del mito habla por el creador, quien se vale de un temor universal del ser como lo es la muerte, para asegurarse de que sus criaturas humanas le rindan culto y, más aún, de que actúen en función de lo que es correcto. Lo “correcto” queda preestablecido en este caso como la obediencia a los preceptos del creador. Los cuestionamientos propios de la razón no tienen cabida. La moral se contruye en función de las exigencias de la deidad y el temor de sus represalias.

Esta descripción sorprende por su semejanza al relato bíblico del Génesis. Casi podría decirse que, sin una advertencia previa, resultaría difícil determinar si en efecto este mito pertenece a la cosmogonía egipcia o a la hebrea. Los paralelismos son abrumadores. En el Génesis Dios hizo el mundo para un hombre creado a su imagen y semejanza. Cada cosa que hizo le pareció buena. Sin embargo, el versículo 5 del capítulo 6 del Génesis cuenta que Dios se arrepintió de haber creado al hombre y, horrorizado por su maldad, decidió exterminarlo con un diluvio que, de cierta forma, es un retorno a ese caos oceánico del que partió todo. Pero Dios, consciente de la naturaleza humana y sus miserias, muestra su misericordia dejando vivo a Noé. Y cuando la marea baja surge de nuevo la vida, que en el relato hebreo está representada por la montaña donde encalló el Arca de Noé después del diluvio universal y en la cosmogonía egipcia por esa colina primitiva que emergió del Nun acuático primordial, que tantas ciudades se disputaban en la antigüedad.

En este punto, la naturaleza del mito se nos muestra tal como la describe Severino Croatto en su obra Experiencia de lo sagrado y tradiciones religiosas. Estudio de fenomenología de la religión: “El mito, tal como es vivido en las sociedades arcaicas, constituye la historia de los actos de los seres sobrenaturales. Esta historia es considerada como absolutamente verdadera (porque se refiere a realidades) y sagrada (porque es la obra de los seres sobrenaturales). Se refiere siempre a una ‘creación’; cuenta cómo una cosa ha venido a la existencia o cómo un comportamiento, una institución o una manera de trabajar han sido fundados. Por eso, los mitos construyen paradigmas de todo acto humano significativo”.

A la luz del siglo XX la sacralización del relato mítico es evidente, pero esto nos lleva a preguntarnos ¿por qué existe? y, más aún, ¿por qué permanece? ¿Es que acaso necesitamos los mitos? Ciencias como la filosofía y la psicología se han hecho las mismas preguntas y han arrojado diferentes respuestas.

Desde una perspectiva filosófica, los mitos no sólo satisfacen una necesidad existencial sino que están construidos en función de instaurar preceptos morales, con la finalidad de proteger la integridad de las civilizaciones. De allí que se establezca claramente un propósito moral en las cosmogonías egipcia y hebrea. Esto se vuelve un elemento indispensable para mantener su poder. Basado en su carácter emotivo, en ambos relatos el mito se vale del temor a la muerte para conseguir que se cumpla la voluntad de un narrador desconocido que cuenta la historia de un ser superior. Si nos remitimos a la esencia, el propósito del mito es modelar el comportamiento humano.

Freud trató este punto en su ensayo El porvenir de una ilusión. Definitivamente el autor no escribió esta obra en función de la mente del hombre primitivo, sin embargo la cita es válida para entender cómo funcionan los mecanismos psicológicos del mito: “(En el mito) La función encomendada a la divinidad resulta ser la de compensar los defectos y los daños de la civilización, precaver los sufrimientos que los hombres se causan unos a otros en la vida en común y velar por el cumplimiento de los preceptos culturales, tan mal seguidos por los hombres. A estos preceptos mismos se les atribuye un origen divino, situándolos por encima de la sociedad humana y extendiéndolos al suceder natural y universal”. Sin embargo, Freud se muestra en contra de la utilización del mito como herramienta para preservar los preceptos morales. Él no cree que los fundamentos de la moral residan en el seno las ideas mítico religiosas, sino en la misma naturaleza humana. Y esta idea no es tan moderna como puede parecer. Pensamiento similar tuvo Platón, quien a través de la lógica por silogismos demostró el error de tres ideas cristianas, en lo que se denominó el Argumento Meta-ético del Ateísmo. Según él, tres de los postulados básicos del Cristianismo eran contradictorios: 1. Dios es bueno. 2. Dios quiere que nosotros hagamos el bien. 3. Dios es la base de la ética… Pero esta discusión es harina de otro costal. Retomemos el hilo conductor de este trabajo.

Aún queda en el aire una pregunta sin respuesta. El propósito y el parecer moral: ¿es igual en la Biblia y en los mitos egipcios? Ciertamente existen similitudes relevantes, pero para responder esta pregunta es interesante establecer un paralelismo entre un relato de El libro de los muertos –que cabe destacar no se refiere propiamente a la cosmogonía sino más bien a la creación del hombre– y el Libro Sagrado del Cristianismo.

La Biblia busca explicar la historia del mundo desde su origen hasta el fin de los tiempos. En cada uno de sus pasajes está implicito un propósito moral. El bien y el mal se declaran una guerra sin cuartel. El hombre está obligado a llevar un vida fundamentada en los preceptos morales, basados en la imitación del comportamiento de Jesús, y al momento de su muerte será juzgado. Si fue bueno y justo su alma será salvada y compartirá la vida eterna con su Dios Todopoderoso. Es imposible ignorar las semejanzas con la la mitología egipcia. Según El libro de los muertos, el hombre debía hacer el bien en vida para prepararse para la verdadera vida que iniciaba con segundo nacimiento, es decir con la muerte. Como nos muestra Albert Champdor en su versión comentada de El libro de los muertos, los egipcios creían que al morir serían recibidos por Anubis, quien los conduciría ante Osiris, tras el viaje nocturno de la Barca solar y durante las doce horas del Libro de la Duat. La finalidad del recorrido sería someter el alma del recién llegado al rito de la psicostasia. Osiris tomaría su corazón y lo pondría en la Balanza de los Siete Espíritus, cuyo contrapeso sería la Pluma de Mâat, símbolo de la verdad y la justicia celestiales. Si el corazón pesaba lo mismo que la pluma, el alma viviría eternamente con los dioses. Este paralelismo nos conduce a la conclusión de que el propósito y el parecer moral de la mitología egipcia se asemejan a los del relato bíblico. Cada uno posee una estructura singular pero ambos comparten un denominador común, que es inherente a la naturaleza del mito.

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