Cristina Wilhelm

El destino en la Antígona de Sófocles

In Filosofía on 21 agosto 2009 at 8:12 PM

Por Cristina E. Wilhelm

antigone2 La tragedia griega es un reflejo del espíritu de la Atenas del siglo V, desde la derrota de los persas hasta su rendición a Esparta. Aun cuando se argumenta sobre la tradición heroica, sus historias nos dibujan el ethos de una civilización con una crisis de valores religiosos, donde el poder del mito se va debilitando para abrir paso a una sociedad democrática y reflexiva, que no sólo comienza a cuestionarse como polis, sino que lleva a cada individuo a cuestionar su existencia individualmente. A través de la tragedia, el hombre ateniense revela su preocupación por el destino, que parece ser una consecuencia inalienable de sus actos y de su origen, y que no depende en forma alguna del libre albedrío. En el mundo trágico todo parece regirse por la voluntad de unos dioses que decidieron todo de antemano, tal y como Sófocles condenó a sus personajes a un ineludible y funesto final. Muy probablemente, la publicación de estas piezas literarias inició el resquebrajamiento de la fe sobre la existencia de los dioses olímpicos, por dejar al hombre ajeno al control sobre su propia vida y de alguna manera cimentó primitivamente las bases de la Grecia monoteísta.

A diferencia del principio de Heráclito, para quien “el carácter es el destino”, los trágicos griegos nos mostraron que el destino determina el carácter, de allí que sus personajes, más que individuos, sean exhibidos como títeres existenciales y simples ejecutores de acciones que bosquejan arquetipos universales de los diferentes caracteres humanos. Así, en el mero inicio de una de sus más célebres entregas, Sófocles nos presenta a una Antígona recalcitrante, que de entrada asoma que las acciones que serán narradas a continuación utilizarán su espíritu contestatario para realizarse, según la voluntad de una deidad ajena:

ANTÍGONA: Hermana de mi misma sangre, Ismene querida, tú que conoces las desgracias de la casa de Edipo, ¿sabes de alguna de ellas que Zeus no     haya cumplido después de nacer nosotras dos? No, no hay vergüenza ni infamia, no hay cosa insufrible ni nada que se aparte de la mala suerte, que no vea yo entre nuestras desgracias, tuyas y mías; y hoy, encima, ¿qué sabes de este edicto que dicen que el estratego acaba de imponer a todos los ciudadanos? ¿Te has enterado ya o no sabes los males inminentes que enemigos tramaron contra seres queridos?”.

Durante toda la obra, Antígona es reducida a su obstinación heroica por honrar el cadáver de Polinices, así como Creonte es mostrado únicamente en el esplendor de su terquedad, que cede sólo cuando ya el mal es irremediable. Sófocles nos presenta personajes en crisis, sin mucha introducción, simplemente para ilustrar a través de sus acciones cómo cada decisión tomada depende de un carácter que los llevará al destino que le tienen preparados los dioses. La maldición cernida sobre Edipo y Yocasta quienes, como cuenta Sófocles, en Edipo Rey tuvieron una involuntaria relación incestuosa, fue el detonante de una suerte de maldición que se extendió hasta la estirpe de la infortunada pareja, y de la que fue imposible escapar.

El rompimiento del orden natural de las cosas y el enfrentamiento de fuerzas humanas que esto desencadena es otro punto esencial en la construcción de la tragedia. En Sófocles, la tragedia se origina cuando las pasiones obnubilan el juicios. La acción se desarrolla al momento en que Antígona decide desacatar la voluntad de Creonte. Éste a su vez se contrapone a Hemón –hijo suyo y novio de Antígona– cuando astutamente intenta convencerlo de que perdone a su prometida y la absuelva de su condena a muerte. Finalmente, la terquedad de Creonte desencadena el destino fatal de su propio hijo y de su esposa Eurídice quien, incapaz de soportar la pérdida, se da muerte en su propia casa. Pero lo curioso dentro del antagonismo de la tragedia es que a lo largo de la obra se modifica en sus polaridades. Al inicio de la obra, Antígona se muestra como una desquiciada, que intenta convencer a su hermana Ismene para enterrar el cadáver de el hermano común, aunque de antemano reconocen que dicha acción sería una especie de misión suicida que las llevaría a ambas a un trágico fin. Por su parte, la posición de Creonte resulta razonable, teniendo en cuenta que éste consideraba a Polinices un apátrida que dio muerte a su propio hermano Eteocles, luego de unirse al ejército enémigo. De forma magistal, Sófocles se las ingenia para mostrarse imparcial ante las acciones de todos sus personajes, y justifica a uno y al otro, sin dividirlos en buenos o malos. De hecho, en un pasaje la propia Antígona deja ver que el pueblo de Tebas consideraba a Creonte un rey justo:

ANTÍGONA: …Y esto es, dicen, lo que el buen Creonte tiene decretado, también para ti y para mí, sí, también para mí”.

Esta visión sobre Creonte es reforzada por Hemón, cuando intenta convencerlo de que perdonde la vida de Antígona, valiéndose del argumento de cómo influiría esa decisión en la imagen que los tebanos tenían de su rey. En este momento, el autor hace una inversión en los personajes, a tal punto que Antígona dejar de ser una mujer enajenada de razón y Creonte se convierte en un ser despiadado al responder con una negativa absoluta:

HEMÓN: Tú no has podido constatar lo que por Tebas se dice; lo que se hace o se reprocha. Tu rostro impone respeto al hombre de la calle; sobre todo si ha de dirigírsete con palabras que no te daría gusto escuchar. A mí, en cambio, me es posible oírlas, en la sombra, y son: que la ciudad se lamenta por la suerte de esta joven que muere de mala muerte, como la más innoble de todas las mujeres, por obras que ha cumplido bien gloriosas. Ella, que no ha querido que su propio hermano, sangrante muerto, desapareciera sin sepultura ni que lo deshicieran ni perros ni aves voraces, ¿ no se ha hecho así acreedora de dorados honores? Esta es la oscura petición que en silencio va propagándose”.

Hay que destacar que lo que ennoblece a Antígona es su disposición de dar la vida con tal de cumplir la ley divina, que a su parecer es más poderosa que la del mismo rey. Si el cadáver de Polinices quedaba insepulto no tendría derecho a entrar al Hades y su alma quedaría errante y privada de toda gloria. En esto basa la frustración que le produce la negativa de su hermana Ismene a cooperar, considerándola indigna. Incluso, cuando finalmente ésta se decide a ayudarla, Antígona rechaza su tardía valerosidad y la cataloga como indigna del honor de dar la vida por la causa que movió a nuestra aguerrida protagonista. En la tragedia de Sófocles es el espectador quien saca sus propias conclusiones, en algunas ocasiones a partir de juicios sembrados por el coro y el corifeo –que era una recurso escénico dentro de la tragedia para expresar la voz de la sabiduría.

Sófocles nos deja claro que las leyes de los hombres no coinciden necesariamente con las de los dioses. Y aunque la decisión de Antígona viola la ley de los hombres, ella decide ser consecuente con la de los dioses, que en última instancia son quienes tienen el poder sobre su destino. Cyril Maurice Bowra nos aclara algo sobre este respecto en su Introducción a la Literatura Griega: “Sófocles acepta las acciones de los dioses, y espera de nosotros lo propio. No le corresponde al hombre criticarlas ni siquiera aspirar a comprenderlas. Lo que debe sentir es un reverencial temor y un respeto incuestionable, y en esto consiste el trasfondo de la tragedia sofóclea. Su fuerza sin igual estriba en el hecho de que, a pesar de ser dioses inescrutables y de tratar a menudo de una forma salvaje a los hombres, éstos no pierden por ello dignidad y conservan una grandeza sui generis”. La importancia de esta “grandeza sui generis” es perfectamente comprensible, tomando en cuenta que la tragedia proviene de la tradición heroica.

CREONTE. Pero tú (a Antígona) dime brevemente, sin extenderte; ¿sabías que estaba decretado no hacer esto?
ANTÍGONA: Si, lo sabía: ¿cómo no iba a saberlo? Todo el mundo lo sabe.
CREONTE: Y, así y todo, ¿te atreviste a pasar por encima de la ley?
ANTÍGONA: No era Zeus quien me la había decretado, ni Dike, compañera de los dioses subterráneos, perfiló nunca entre los hombres leyes de este tipo. Y no creía yo que tus decretos tuvieran tanta fuerza como para permitir que solo un hombre pueda saltar por encima de las leyes no escritas, inmutables, de los dioses: su vigencia no es de hoy ni de ayer, sino de siempre, y nadie sabe cuándo fue que aparecieron. No iba yo a atraerme el castigo de los dioses por temor a lo que pudiera pensar alguien
”.

También es curioso que cuando Antígona es conducida a su muerte se lamenta por su sino, mas sin embargo nunca muestra señales de arrepentimiento. De hecho, el mismo corifeo alaba sus acciones:

ANTÍGONA: Mirádme, ciudadanos de la tierra paterna, que mi último camino recorro, que el esplendor del sol por última vez miro: ya nunca más; Hades, que todo lo adormece, viva me recibe en la playa de Aqueronte, sin haber tenido mi parte en himeneos, sin que me haya celebrado ningún himno, a la puerta nupcial… No. Con Aqueronte, voy a casarme.
CORIFEO.
Ilustre y alabada te marchas al antro de los muertos, y no porque mortal enfermedad te haya golpeado, ni porque tu suerte haya sido morir a espada. Al contrario, por tu propia decisión, fiel a tus leyes, en vida y sola, desciendes entre los muertos al Hades
”.

La visión determinante de los dioses en el destino hoy nos resulta un tanto ingenua y obsoleta. Muchos comulgan con ideas como la de Arthur Schopenhauer quien definió su pocisión con respecto al destino cuando dijo: “El destino es el que baraja las cartas, pero nosotros los que las jugamos”. Sin embargo, en la compleja construcción de la tragedia griega, el destino de cada hombre estaba ineludiblemente determinado por un carácter religioso y sobrenatural. De allí la importancia de no desafiar los designios de los dioses. Aunque inicialmente pudiéramos pensar que fue Antígona la gran víctima de esta tragedia, quizás es más razonable deducir que en realidad el gran afectado fue Creonte. Luego de desafiar e insultar al adivino Tiresías, acusándolo incluso de mentirle para sacar algun provecho de la situación, encuentra un arrepentimiento tardío, que lo enfrenta con la innecesaria muerte de su hijo y su esposa, y lo deja además como un hombre débil e injusto frente a los tebanos. Abatido, implora a los dioses la consumación de su propio destino trágico que lo libere del dolor y la humillación de haber sido víctima de su propia falta de prudencia:

CREONTE: ¡Que venga, que venga, que aparezca, de entre mis días, el último, el que me lleve a mi postrer destino! ¡Que venga, que venga! Así podré no ver ya un nuevo día.
CORIFEO: Esto llegará a su tiempo, pero ahora, con actos conviene afrontar lo presente: del futuro ya se cuidan los que han de cuidarse de él.
CREONTE: Todo lo que deseo está contenido en mi plegaria.
CORIFEO: Ahora no hagas plegarias. No hay hombre que pueda eludir lo que el destino le ha fijado
”.

Finalmente es el sabio corifeo quien concluye la tragedia con una reflexión aleccionadora que casi acuña: “La prudencia es la base de la felicidad. Y, en lo debido a los dioses, no hay que cometer ni un desliz. No. Las palabras hinchadas por el orgullo comportan, para los orgullosos, los mayores golpes; ellas, con la vejez, enseñan a tener prudencia”. Es así como estos dos incautos de Antígona y Creonte, desencadenaron el destino que los persiguió y que les alcanzó los pasos inexorablemente.

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