Cristina Wilhelm

La metamorfosis del ethos egipcio

In Filosofía on 21 agosto 2009 at 5:32 PM

Por Cristina E. Wilhelm

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Para entender la evolución del ethos egipcio hay que conocer la historia misma de esta antigua civilización. La concepción de la vida del egipcio del Imperio Antiguo es diferente a la del egipcio de la decadencia del Imperio Tebano, así como un joven adolescente, que no ha encontrado contratiempos, difiere del sabio anciano que ha vivido y acumulado experiencia. Más de tres mil años no transcurren en vano.

El ímpetu de la juventud eleva al hombre –y también a las civilizaciones– a las alturas y lo conduce a la grandeza, pero la inexperiencia hace inevitable una caída vertiginosa e implacable. De allí que con el tiempo se vuelve éste más sabio y camina cauteloso con los pies más cerca de la tierra. Cada batalla perdida, cada fracaso, debilita sus fuerzas y doblega su espíritu. Y ante la inminente llegada del final, el miedo a la muerte se mitiga con el consuelo de la vida eterna. Esta analogía ilustra el auge y la decadencia de toda civilización, pero es particularmente útil para el entendimiento de los acontecimientos que condujeron a Egipto desde la gloriosa época de las grandes pirámides hasta la penosa sumisión que trajo consigo la conquista de Alejandro Magno.

En el Antiguo Egipto la finalidad de la vida era dominar la naturaleza. El hombre, embriagado por su impulso vital y libre de temores, descubre su poder y busca la forma de ejercerlo a plenitud. Esta actitud optimista y emprendedora alcanzó su punto culminante en la misma punta de las pirámides de Gizeh. La prueba está en que la pirámide de Keops fue el monumento más alto del mundo hasta el siglo XIX. Estos logros, apoyados en un Estado que gozaba de estabilidad política y social, fortalecieron el ego del hombre del Antiguo Egipto, hasta el punto en que éste sintió que no necesitaba de Dios, pues él mismo era un dios. Su ka le atribuía divinidad; era la fuerza vital que lo impulsaba hacia el éxito, hacia el dominio del mundo material. En esa época los asuntos espirituales estaban presentes en la cotidianidad del hombre, pero eran abordados de forma opuesta a como se abordarían en épocas posteriores. Esta afirmación la ilustra Wilson cuando compara las vigorosas escenas de la faena cotidiana del egipcio antiguo, plasmadas en las paredes de la tumba de Mereruka, con las inscripciones de alto carácter místico y ritual que muestra la tumba de Bekenrenef.

Pero ¿cuáles fueron las razones que causaron el cambio de las actitudes optimistas del Imperio Antiguo a las pesimistas de los imperios posteriores? Para aproximarnos a una posible respuesta debemos profundizar aún más en la psique del pueblo egipcio. Wilson vislumbra esa realidad cuando alude al individualismo y a la tendencia democrática que caracterizó a esta civilización en gran parte de su existencia. El egipcio era autosuficiente, independiente y estaba completamente convencido de su poder, tanto, que creía que podía validar un contrato legal que le garantizaría su conquista sobre la muerte. Se tornó individualista, egoísta, autárquico, y sus acciones se orientaron hacia una meta descentralizadora del gobierno que le permitiera figurar social y políticamente para garantizar su inmortalidad en vida. De lo que había después no existían garantías.

Los derechos políticos y religiosos se entremezclaron y confundieron a la gente. A la marcada tendencia “democrática” del pueblo, se anteponía la figura de un faraón omnipotente y rodeado de divinidad quien, en esencia, no era más que una figura absolutista. Y ese absolutismo no sólo imperaba en la vida terrenal, sino también en el trasmundo, pues sólo el faraón podía convertirse en Osiris. Pero los egipcios, basados en la premisa de la Creación de que “todo hombre es semejante a su prójimo” se volcaron a la búsqueda de la igualdad. Quizás el asunto está en que esa “igualdad” no estaba planteada de forma tal que todos los egipcios tuvieran los mismos derechos, sino que se basó en el deseo del hombre de gozar los mismos derechos que las minorías más poderosas.

No estamos hablando de la rebelión de un pueblo, sino de la rebelión desarticulada y simultánea de un montón de individuos en búsqueda de su bienestar a toda costa. Fue así como las normas que mantenían cohesionado al Estado se rompieron; incluso el valor de la propiedad privada fue desestimado lo cual, como era de esperarse, devino en una anarquía. La base filosófica del anarquismo es precisamente el individualismo y a partir de esta conclusión podemos aproximarnos a un entendimiento de la metamorfosis del ethos egipcio.

La crisis saca a relucir la miseria humana: sirvientas matando a sus antiguas amas, hombres irrumpiendo en la propiedad privada, ladrones saqueando las tumbas sagradas, horror, sangre y miseria. En el prólogo de su versión comentada de El libro de los muertos Albert Champdor cuenta que “el largo exceso de abusos, la insolente injusticia de la repartición de las cargas, la brutalidad de los recaudadores de impuestos, la indiferencia de los poderosos, el paro, el hambre, las epidemias, la notable incapacidad del faraón oculto en sus esferas invisibles, habían creado una revolución anárquica que, al no ser controlada, se iba degradando rápidamente de una a otra década, asegurando el triunfo final de una auténtica revolución comunista. Fue así como, durante el reinado de los faraones ilegítimos heracleopolitanos, el Antiguo Egipto conoció el advenimiento del proletariado, exactamente cuatro mil años antes del primer disparo de la Revolución Bolchevique”. En esta reflexión se asoma la idea del eterno retorno, ya que la historia se ha repetido en diversas culturas, antiguas y modernas. Y se seguirá repitiendo, pues el hombre, al sentirse oprimido o limitado en sus acciones y derechos, de una u otra forma, más tarde o más temprano, buscará la manera de alcanzar su bienestar individual, aunque tenga que atravesar un proceso de evolución ideológica que lo haga consciente de que está siendo victimizado.

El único consuelo es que la anarquía es débil, se aniquila a sí misma pues no posee una estructura sostenible. Todos sufren cuando ella reina. En el caso de Antiguo Egipto no sólo trajo como consecuencia que los ricos se volvieran pobres y que cientos de personas de un pueblo que atesoraba la vida terrenal y eterna prefiriera el suicidio que le privaría de ambas, sino que vulneró el territorio, convirtiéndolo en blanco fácil de los hicsos, quienes se instalaron en la zona para aprovecharse del caos y ejercer su dominio.

Con la instalación del Imperio Tebano, el equilibrio se recupera, pero para este momento el ethos del egipcio está teñido por las actitudes pesimistas a las que se refiere Wilson. La vida terrenal pasa a ser un lugar de sufrimientos, que sólo son soportables con el apoyo del dios, en cuya devoción se encierra la promesa de la vida en el más allá. Por primera vez los egipcios cuestionaron su poderío: su papel como civilización central del mundo quedó en tela de juicio. La sociedad desarrolla una psicosis colectiva por las contingencias y desaparece el sentimiento individualista para dar cabida a un sentimiento patriótico y nacionalista. La lección fue aprendida, la experiencia se internaliza y la moral hace su papel.

En este punto entran en juego el cinismo y la desesperación a la que alude Wilson en su texto Los valores de la vida. Las reacciones ante el fracaso del pensamiento optimista estuvieron marcadas por estas dos tendencias. El cinismo se manifestó en una actitud hedonista y completamente carente de espiritualidad, donde incluso se cuestionó la existencia del más allá. Algo impensable, considerando la época que estamos analizando. Pero otra tendencia fue aún más deprimente. Ese egipcio altivo y seguro se vio sumido en la desesperación provocada por los sufrimientos terrenos y optó por una concepción de la vida más pasiva, donde el hombre no era el protagonista. Ese rol le correspondía ahora al dios que conducía los hilos de la historia según su voluntad. La alegría de vivir del hombre del Reino Antiguo fue sustituida por una actitud conformista con la vida terrena, sumisa ante los designios de un creador y pasiva a la espera de la segunda vida. A través de las décadas esta actitud fue degenerando hasta extinguir la esencia de ese espíritu sublime que convirtió a los egipcios en esa gloriosa civilización que, incluso en nuestros días, sigue maravillando al mundo entero.

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