Cristina Wilhelm

Sobre el carácter de las civilizaciones egipcia y mesopotámica

In Filosofía on 21 agosto 2009 at 7:34 PM

Por Cristina E. Wilhelm

mesopotamia

Si postulamos como carácter de la civilización egipcia la concreción, y como carácter de la civilización mesopotámica la abstracción, ¿en qué se manifiestan ambos caracteres? Si bien estos postulados apuntan a un razonamiento que en primera instancia parece ser cierto, no podemos etiquetar a estas civilizaciones de forma tan concluyente. En primer lugar habría que tomar en consideración los diversos aspectos que conformaban el pensamiento de este hombre primitivo, como su concepción del mundo, su relación con la naturaleza, sus creencias religiosas, su razonamiento sobre el telos o propósito de la vida, su visión sobre la muerte y sus nociones políticas y sociales.

Tanto Egipto como Mesopotamia conciben el mundo a partir de la realidad visible y asumen los elementos de la naturaleza como seres animados, los cuales tienen la misma importancia en la creación que la que puede tener el hombre. A través del pensamiento especulativo, cada una construye su cosmogonía partiendo de lo que su entorno les ofrece y en este sentido podría afirmarse que ambas civilizaciones muestran una tendencia hacia la concreción.

Sin embargo, notamos que ambas civilizaciones abordan de forma diferente a la naturaleza y sus fenómenos. Esto sin duda está condicionado por el ambiente geográfico. Los egipcios percibían el cosmos como un ente seguro y predecible y adaptaban sus faenas cotidianas a sus ciclos: identificaron la periodicidad de las estaciones y la crecida del Nilo y en torno a esto se desarrollaban su cotidianidad. Pero la realidad de Mesopotamia era diferente. El Tigris y el Eufrates eran ríos caprichosos que inundaban caseríos y destruían cosechas, los vientos poderosos arrastraban las arenas del desierto y las tormentas asediaban con sus truenos ensordecedores. Para los mesopotamios la naturaleza estaba rodeada de violencia y por ello en la construcción de su realidad mitológica personificaron los fenómenos de la naturaleza en deidades. A diferencia de los egipcios, quienes se consideraban a sí mismos como el centro del universo, los mesopotamios estaban convencidos de que el hombre no era el protagonista de la creación, sino precisamente esos dioses, esas fuerzas de la naturaleza que regían el curso de la historia.

En esta concepción está la clave que nos permite entender los caracteres de cada civilización. Los egipcios consideraban que el propósito de la vida era dominar el mundo material, de allí a que los primeros lograran erigir las pirámides que persisten hasta nuestros días y que los zigurats de los segundos estén hoy convertidos en polvo y ruina. Pero para los mesopotamios el propósito de la vida era conocer la naturaleza y, más aún, comprender su funcionamiento. De allí que volcaran sus ojos al cielo, estudiaran el movimiento de los cuerpos celestes y cristalizaran logros importantes como la creación del calendario, la identificación de los planetas y las constelaciones, y otros logros desvinculados de la astronomía, como la escritura cuneiforme y el estudio matemático. En este aspecto se confirma el postulado que otorga un carácter concreto a los egipcios y un carácter abstracto a los mesopotamios. La preocupación de Egipto era figurar en el mundo, alcanzar la inmortalidad a través de sus monumentos y sobre todo garantizar la vida después de la vida, acumulando riquezas que se llevarían a la tumba. Qué puede reflejar más el carácter concreto de la mentalidad egipcia que el hecho de desarrollar un manual de instrucciones para conocer los pasos a seguir al momento de la muerte para alcanzar la vida eterna, y de paso incluir en la tumba herramientas, riquezas y hasta comida, por si acaso. El hombre de Mesopotamia en cambio mostró una tendencia de pensamiento más abstracta. Para él la muerte era simplemente el fin de la vida motivado por una fuerza externa, y su pensamiento estaba orientada a la comprensión del entorno y al alcance de un conocimiento científico, aunque ciertamente en un grado muy primitivo.

Lo interesante de Mesopotamia es que fue una civilización que logró extrapolar la sabiduría obtenida de la comprensión de la naturaleza a sus sistemas políticos y sociales, a tal punto que el autor Jacobsen afirma que en Mesopotamia “el cosmos era visto como un Estado”. Esto puede entenderse a partir del carácter divino que le otorgaban a las fuerzas de la naturaleza. Los vientos, las estrellas, el fuego, las tormentas, las piedras, más que fenómenos naturales, eran ciudadanos con voluntad, carácter y poder, a quienes se atribuían derechos políticos y cuya influencia era el motor que ponía en marcha al Estado. Estos ciudadanos discutían los asuntos en asambleas y determinaban veredictos basados en la opinión de todos. De allí que la civilización mesopotámica se desenvolviera en el seno de una democracia primitiva. Ese era el modelo político que el cosmos le dictaba y en base a sus pilares fundamentaron su sociedad. Evidentemente existía la figura de un rey y de una asamblea de hombres libres que representaban las voluntades de esos dioses, pero tras la apariencia de un sistema monárquico yacía un Estado que se desarrollaba con marcados fundamentos democráticos.

El hombre mesopotámico se destacó por buscar constantemente la conexión entre los elementos del mundo que lo rodeaba y gracias a ello pudo consolidar una civilización tan avanzada que logró incluso sistematizar las implicaciones de las funciones políticas y sociales y constituir instituciones no sólo perfectamente definidas, sino también efectivas en el buen funcionamiento del Estado y la búsqueda del bienestar de sus ciudadanos. Buen ejemplo nos lo da el Código de Hammurabi, un documento de la antigua Mesopotamia que representa en la historia universal uno de los primeros sistemas de leyes de los que se tiene conocimiento. Esa necesidad de comprender los grandes acontecimientos cósmicos otorgó al hombre mesopotámico una capacidad de abstraer la sabiduría de la naturaleza y aplicarla a los eventos de su vida cotidiana.

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