Cristina Wilhelm

Fuerza Bruta: El teatro va por dentro

In Periodismo on 24 agosto 2009 at 3:28 PM

Por Cristina E. Wilhelm

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El teatro está cambiando, porque es un reflejo del hombre y el hombre está cambiando. Aunque Esquilo o Shakespeare nunca perderán actualidad por el carácter universal de sus historias, las nuevas tendencias demuestran que hoy este arte no requiere de trama; ni siquiera de personajes o butacas para los espectadores. Para existir, simplemente necesita un performance tan primitivo que ignore al intelecto y apunte directamente a los sentidos. Así es Fuerza Bruta.

En criptografía, se denomina “ataque de fuerza bruta” a “la forma de recuperar una clave probando todas las combinaciones posibles hasta encontrar aquella que permite el acceso”. Y en tiempos como los que vivimos pareciera que esa es la única forma de dar con algo nuevo, lo suficientemente intenso como para penetrar en las más profundas emociones del ser: intentándolo todo. Es probable que así funcione la mente de Diqui James, el director y creador de una particular pieza teatral llamada Fuerza Bruta, que anda por el mundo dejando a su audiencia boquiabierta, perpleja y hasta un poco mojada.

Este tipo de montajes teatrales se viene fortaleciendo desde la aparición de grupos neoyorquinos como Stomp que, cual pandilla callejera, saltó a las tablas para hacer música y bailes con contenedores de basura. Ellos araron el camino para el nacimiento de De La Guarda, la primera compañía del director. Pero tras conquistar el éxito internacional con su reparto volador, el siguiente paso no podía darlo en falso… de allí el nacimiento de este ataque brutal llamado Fuerza Bruta –así mismo: en español, como su sangre argentina lo exigió.

El espectáculo es una sucesión de eventos imposibles de predecir. Es un golpe visual, emocional, que va despertando cada sentido con sacudidas deliciosamente inclementes, haciendo que los espectadores regresen al origen, a ese tiempo que somos incapaces de recordar, donde no era necesario el lenguaje ni las explicaciones: “Fuerza Bruta es hoy. No es teatro del futuro. No se repite a sí misma una y otra vez. Fuerza Bruta es el ahora. No inventa nada. No tiene un propósito. Simplemente es”.

La obra es todo y nada. No hay una trama, no hay una historia de amor, simplemente un ser enajenado, que corre frenético sin que nadie se entere de qué o de quién huye. Sólo huye. Y se tropieza. Y le cae la lluvia, y atraviesa paredes, y la gente le hace romper la línea recta de su caminar. Y cuando los pies le impiden seguir corriendo vuela hacia la nada, hacia puertas que no conducen a ningún lugar, siempre en contra del viento…

Es delicioso ver la convenciones hechas pedazos y en Fuerza Bruta sucede desde la antesala al teatro. Allí te espera un lounge que te hará sentir parte de una ilustración de Jordi Labanda. Puro buen gusto y muchos de esos cocteles esnobistas que nos seducen, con sus copas de martini y sus vivaces colores de caja de Crayola. Y de súbito se abren las puertas de una sala vacía, poco hospitalaria al no brindar una silla, o siquiera la luz suficiente para entender las dimensiones del espacio. Y entonces empieza la magia…

La segunda gran sorpresa es la novedad. No hay un discurso, ni diálogos, ni escenografía. Sólo bits que conjugan a los actores, y despiertan en los pies de la pseudo-audiencia las ganas de bailar: “Queremos quebrar el sometimiento intelectual del lenguaje. Usar todos los medios disponibles para operar eficazmente sobre la sensibilidad del espectador. Traerlo a territorios donde existen leyes más poderosas. Un espacio donde la presión de los sentidos afecte la mente. Donde la velocidad de los estímulos que reciba supere a la reacción intelectual. Que la emoción llegue antes, siempre antes. Que pegue en el cuerpo, debajo de la ropa. Atrás de los ojos. Adentro. Un espacio donde el espectador se entregue, sabiendo que forma parte un hecho artístico, que está dentro de una realidad paralela, etérea, bella, delirante y absolutamente más verdadera que la cotidiana. Donde el espectador sabe que está siendo conducido a estrellarse contra su propia sensibilidad; una sensibilidad colectiva, universal. Sin traducción. Sin anestesia. Brutalmente feliz”.

Luego llega la tercera y mayor sorpresa: tú eres parte de lo que está sucediendo. Y no en un sentido metafórico. Tú bailas con la escenografía, te mueves a su ritmo y con tu mente llegas a volar: “El espacio se modifica durante toda la obra. Es fundamental que nada sea previsible. No le vamos a avisar. La sorpresa no es un efecto, es un estado constante y necesario para la efectividad de Fuerza Bruta. El espectador está dentro de una realidad extraordinaria. No está emocionalmente a salvo en ningún momento. El público no participa, forma parte. Herido. Festejando”.

Esta experiencia multisensorial literalmente alcanza la cúspide en el techo del recinto, cuando se inicia el performance acuático en una plataforma traslúcida justo sobre tu cabeza, que se acerca a tal punto que casi puedes tocar al reparto con tus manos. Y en el momento final sucede lo más inesperado: el complot se devela y caes en cuenta de que todo el tiempo has estado en una especie de fiesta rave, donde el estupefaciente fue el boleto de entrada. Y el agua cae del cielo, y te moja la piel que se siente más viva que nunca… Y las supuestas tablas del teatro –que nunca fueron tablas, sino más bien vehículos que conducían la acción– desaparecen por completo, convenciéndote finalmente de que eres un actor más, bailando al lado de quienes te robaron la mirada la última hora y media, brincando al ritmo de la música del Dj que permaneció oculto, y que al final reveló su identidad para acabar con el teatro.

Una obra brutal, viva, que puede literalmente arrancarte la mitad del corazón –incluso uno cubierto por cristales de Swarovski como el que casi pierdo esa noche–… la buena nueva es que siempre puedes recuperarlo, porque Fuerza Bruta es la tierra de lo posible. Existe… aunque sea solamente dentro de esa dimensión paralela creada por Diqui James, durante una hora y media sublime que vale la pena permitirse vivir.

© Publicado originalmente en la edición 43 de la revista Tendencia

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