Cristina Wilhelm

Movimiento Slow: La importancia de detenerse

In Periodismo on 25 agosto 2009 at 8:14 PM

Por Cristina E. Wilhelm

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Seis de la mañana. Sonó el despertador. En veinte minutos debo alistarme para dejar los niños en el colegio, evitar el tráfico, llegar a la oficina y apurar un café instantáneo en un vaso desechable. La reunión de las once se excedió al horario; alguien tendrá que buscar a los chicos en la escuela. Si me da tiempo saldré a comprar un combo de comida rápida, que engulliré en el carro mientras me conduzco de vuelta a la oficina. No hay tiempo que perder”.

Hoy es más acertado que nunca el lugar común que afirma “que el tiempo pasa volando”. Es la verdad. Somos más de seis mil millones de almas viviendo en un planeta que no para de girar, obligándonos a movernos, con la misma vehemencia que la obstinada caminadora del gimnasio. Pero no hay escenario más triste que aquél donde la vida nos pasó por delante en vano; parafraseando a Shakira, sin saber si hemos vivido cien mil días o un día cien mil veces. Es cierto, estamos en las fotos de los grandes momentos de nuestras vidas, leímos cuentos resumidos a nuestros hijos antes de dormir –o quedarnos dormidos– y conocimos lugares fascinantes, mientras atendíamos el llamado frenético de nuestro Blackberry (descontextualizado y arenoso en las playas del Caribe, pero triunfante en su meta perversa de traernos de regreso al “mundo real”…). ¿Qué sentido tuvieron tantos siglos de desarrollo científico y tecnológico? ¿No se suponía que todos esos aparatos iban facilitar nuestras vidas para permitirnos gozar de más tiempo libre? ¿Cómo es que en el siglo XVII Isaac Newton tuvo tiempo de sentarse a filosofar bajo un árbol de manzanas y los jóvenes de hoy ni siquiera tienen tiempo para leer el ensayo sobre la Ley de Gravitación Universal que copiaron y pegaron de Wikipedia? ¿Acaso al hombre del milenio se le olvidó cómo vivir?

Hoy el valor de una persona se mide por su capacidad de aprovechar el tiempo, incluso el merecido descanso. Tanto es así, que en el 2006 el Tribunal Supremo de la Unión Europea tuvo que dictaminar como ilegal sustituir las vacaciones de un empleado por dinero. En su best-seller El elogio de la lentitud el sueco Owe Wikström explica que el hombre moderno debe recurrir a las enfermedades como excusas socialmente aceptadas para detenerse, pues es menos vergonzoso que admitir que sencillamente no puede más. Lo vital es entender que bajar el ritmo no implica pasividad sino la búsqueda de calidad de vida. Carl Honoré, uno de los grandes precursores del Movimiento Slow –quien escribió el libro In praise of slow cuyo título curiosamente fue traducido al español con el mismo nombre que el de Wikström– explica cómo el detenerse puede dar pie a resultados más eficientes: “El empleado sano, tranquilo, feliz y pausado, que sabe elegir la velocidad apropiada para cada momento, es más productivo, sobretodo a largo plazo. No olvidemos quien ganó la carrera entre la tortuga y la liebre”.

El surgimiento del Movimiento Slow era inevitable y como todo gran acontecimiento inició por la boca. Empezó en 1986 con una protesta en Roma ante la apertura de un McDonald’s en Piazza di Spagna. Los italianos –una sociedad para la cual comer es un ritual tradicional, más que un requisito de supervivencia– se resistieron a esa forma de vida acelerada, que atentaba con el encuentro familiar en las comidas, y con los principios de una alimentación saludable. Esta tendencia promueve el disfrute de comidas tradicionales, cuyos ingredientes por lo general se cultivan de forma respetuosa con el medio ambiente. El Slow Food europeo se enfrentó triunfante al Fast Food americano, originando toda una filosofía dedicada a los placeres en cámara lenta.

Hoy son más de cincuenta los países del mundo que se han plegado a esta corriente. Incluso en Venezuela contamos con grandiosos representantes del Slow como el maestro Alberto Soria, quien ha convertido a cientos de nosotros al sibaritismo a través de sus libros Permiso para pecar y Mi whisky, tu whisky, el whisky, ambos publicados por Editorial Alfa.

Dicen por allí que del apuro sólo queda el cansancio. Los especialistas del Slow agregan además depresiones, cáncer e infartos al miocardio. Por eso la próxima vez que se encuentre a sí mismo saltando páginas del cuento que sus hijos esperan con ansias al final del día, recuerde que lo que se está saltando es la vida misma. Respete sus horas de sueño, evite los relojes de pulsera y practique un hobby relajado como el golf, el tai chi o el yoga. Deseche el mito de que usted es imprescindible para el universo; él gira sin rendirle cuentas a nadie. Haga una cosa a la vez, mastique cada bocado, transpórtese a otras latitudes con un sorbo de vino y borre de su diccionario la palabra workoholic (¡por fortuna ni siguiera existe en español!). Pero sobre todas las cosas haga de sus comidas un ritual para compartir con sus seres queridos. Como dijo Sarah Jessica Parker a través de su personaje de Sex and the city: “Dicen que la vida es lo que sucede cuando estás ocupado haciendo otros planes; pero en Nueva York, la vida es lo que sucede mientras esperas que te asignen una mesa”.

© Publicado originalmente en la edición 40 de la revista Tendencia

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