Cristina Wilhelm

Alimentos transgénicos: La amenaza detrás del empaque

In Periodismo on 1 septiembre 2009 at 10:00 PM

Por Cristina E. Wilhelm

© Fotografía: Dondyk+Riga / Tendencia Maracaibo

© Fotografía: Dondyk+Riga / Tendencia Maracaibo

La tendencia a cuidar el cuerpo y la alimentación es global y se traduce en que los estantes de los súper mercados están cada vez más saturados de productos con etiquetas flamantes, que prometen salud enlatada. Pero detrás de esa conquista del marketing que bien conocemos como packaging, yace una amenza silente que envenena a los consumidores, ignorantes de su verdadero contenido.

Es emocionante vivir en una era donde la ciencia muestra su capacidad inagotable de sorprendernos. Sin embargo, esta aliada puede convertirse en un arma de doble filo, tal y como los robots del famoso escritor de ciencia ficción Isaac Asimov se volvieron en contra de sus humanos creadores.

Diariamente desayunamos un cereal empacado convencidos de que estamos cuidando nuestro organismo. Durante el almuerzo, decimos “no” al postre, conformándonos con una lata de atún para guardar la figura, y en la cena optamos por una deliciosa ensalada, aderezada con una discreta vinagreta light. La paradoja es que sonreímos inocentemente creyendo alimentarnos de forma saludable… pero ¿se ha preguntado alguna vez si ha comido alimentos transgénicos? ¿Acaso esta palabra le resulta siquiera familiar?

Si no es capaz de responder estas preguntas no se sienta abatido, ya que estadísticamente hablando la mayoría de las personas en el mundo desconoce las respuestas, y sin embargo es probable que diariamente las sirva en su mesa. Según la definición de Greenpeace, los cultivos transgénicos –también llamados Organismos Genéticamente Modificados (OGM)– son organismos creados en laboratorio con una técnica que permite insertar genes de bacterias, plantas o animales en cultivos como el maíz o la soya. Estas técnicas permiten a los científicos saltarse la selección natural, al intercambiar genes entre especies que naturalmente no podrían cruzarse. El hecho de “cortar y pegar” genes sin control impide predecir consecuencias, y es por ello que, los alimentos finales son inestables y no siempre contienen las proteínas que le transfieren sus genes.

La industria de la biotecnología y la ingeniería genética tiene un poder literalmente fascinante; la llamada biotecnología verde, aplicada a procesos agrícolas, ha creado plantas capaces de crecer en condiciones ambientales desfavorables y desarrollar resistencia a plagas y enfermedades aniquiladoras. ¿Pero cuál es el costo real de estos experimentos? Aún no lo sabemos con certeza pues no se han hecho suficientes pruebas para determinar sus efectos, pero la respuesta más aproximada la brindan organismos como Greenpeace, quienes buscan proteger la salud de esos seres humanos, cuyo único pecado es elegir en el mercado los vegetales más atractivos y ostentosos del mostrador, o las etiquetas con mayor poder de seducción.

Con relación a los efectos colaterales, podemos nombrar algunos muy puntuales, como el desarrollo de nuevas alergias, ya que la mayoría de los alimentos transgénicos contienen virus, bacterias, mariposas e incluso escorpiones, que al ser introducidos en el organismo, sobre todo en el de niños y recién nacidos, generan reacciones ante la proteína artificial. Aparte, los transgénicos contienen marcadores antibióticos que producen resistencia a ciertos medicamentos.

La industria de los transgénicos ha permanecido silente y apática ante la idea de realizar estudios sobre efectos colaterales a largo plazo, garantizando ciegamente que son seguros, y ensalzándolos como una posible respuesta a la hambruna mundial. Pero la experiencia con los plaguicidas y agrotóxicos que se vendían hace cuarenta años como inofensivos, muestran en la actualidad múltiples consecuencias en el ecosistema y la salud humana, hasta el punto en que muchos son hoy sustancias prohibidas. Lo dramático en el caso de los transgénicos es que las nuevas especies creadas, una vez incorporadas a la cadena alimentaria, son imposibles de retirar. Un error sin derecho a fe de erratas.

Es probable que muchos años después de que los lectores de este artículo ya no transiten la faz de la Tierra, el hombre del futuro mire atrás sin comprender cómo en esta era la historia se repetía negligentemente: una mayoría ignorante, dominada por una minoría con intereses económicos egoístas y carentes de toda sensibilidad social, cultural o ecológica, que nos conducieron a todos hacia la aniquilación… La minoría protagonista en este episodio son las empresas multinacionales, siendo Monsanto la que lleva la batuta, con el ochenta por ciento de la producción de plantas transgénicas. Al ahondar en la historia de esta empresa radicada en Missouri y fundada a principios del siglo XX, nos encontramos con el nombre de un químico llamado John Francis Queeny, quien inventó el edulcorante artificial llamado sacarina, incluyó a la cafeína en la Coca-Cola para hacerla más adictiva –y convertirse en su principal proveedor–  y quien en la década de los cuarenta, lideraba el mercado de fabricación de plásticos, incluyendo poliestireno y fibras sintéticas. Y si acaso la curiosidad sobre el personaje no ha sido saciada, cabe agregar que su empresa fabrica otros productos como el NutraSweet, la hormona de crecimiento vacuno llamada somatotropina y la hormona transgénica para el crecimiento bovino (BST), cuya utilización fue prohibida en la Unión Europea, Canadá, Australia y Nueva Zelanda por las alteraciones identificadas en la leche de estos animales.

No hay que ser un genio para deducir que casi dos tercios de la producción mundial de estos cultivos se encuentra en los Estados Unidos –¿tendrá esto algo que ver con el hecho de que en ese país la obesidad sea considerada una epidemia nacional?–. Por fortuna, el gobierno venezolano prohibió producirlos en su territorio, y aunque esto es un gran avance ecológico no exime a sus habitantes de los efectos de los alimentos transgénicos importados. Ante esta vulnerabilidad, lo mínimo que podemos exigir es que las etiquetas de los productos alerten a los consumidores sobre su contenido.

Prefiera alimentos frescos preparados en casa, lea las etiquetas para descartar los transgénicos y opte por los orgánicos, los cuales son un poco más costosos pero están debidamente identificados como seguros. Rechace productos que contengan ingredientes como soya, maíz, algodón o canola. Y si le gusta la jardinería siembre su propio huerto, tomando precauciones al elegir semillas, ya que muchas de las comercializadas (por Monsanto, precisamente) provienen de cultivos transgénicos. El mundo nos alerta y no podemos vivir ciegamente, pues nuestro instinto de conservación nos obliga a elegir la vida. Esta información ya no es un secreto, así que no puede permitirse seguir alimentando una cadena perversa que nos envenena impunemente.

© Publicado originalmente en la edición 40 de la revista Tendencia Maracaibo

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