Cristina Wilhelm

Jeannette Makenga La enviada de Dios

In Perfiles on 4 septiembre 2009 at 8:34 PM

Por Cristina E. Wilhelm

© Fotografía: Dondyk+Riga / Tendencia Maracaibo

© Fotografía: Dondyk+Riga / Tendencia Maracaibo

El mundo es un lugar inesperado, tan inesperado como lo fue conseguir a la africana Jeannette Makenga en el barrio Etnia Guajira de la parroquia Venancio Pulgar de Maracaibo. Desde hace doce años esta hermana de la congregación de las Misioneras de Cristo Jesús está al frente del Centro de Promoción Integral del Niño, un comedor que diariamente sirve desayuno y almuerzo a ciento sesenta niños pobres, quienes tienen además la oportunidad de alfabetizarse y formar los valores de la tradición indígena. El calor es intenso y las condiciones precarias, sin embargo, Jeannette luce la sonrisa que nunca abandona su rostro para comentar cómo llegó a esos confines. Mientras tanto, todo el que pasa la saluda y recibe a cambio una respuesta en pulcro español o wayunaiki, que deja entrever que Jeannette conoce la historia de cada persona de su barrio: “Nací en El Congo y desde niña me vinculé con la Legión de María. Un día encontré un libro llamado La Segunda Evangelización de El Congo, donde escuché por primera vez sobre las Misioneras Cristo Jesús y el nombre me atrajo de inmediato; sentí que debía hacer algo en vez de estar encerrada orando. Dos años después, por cosas de Dios, estaba rumbo a la selva ecuatoriana. Al principio me deprimí, cuestionaba si había hecho lo correcto, pero una vez superado el trance viví los nueve meses más felices de mi vida. Mi mamá me decía que me portara bien porque a las que se portaban mal las enviaban lejos. Yo reía porque eso era precisamente lo que quería: ayudar a los realmente pobres y marginados… ir a donde nadie quiere ir. Cuando supe que Mara y Páez son los sectores de Maracaibo con mayor desnutrición supe que tenía una misión”. Con humildad, Jeannette Makenga devela el enigma de sus siete vidas: los diez idiomas que habla, sus estudios de Biología y Química en Africa y de Teología en la prestigiosa universidad de Salamanca, cómo aprendió el castellano en seis meses, cómo se descubrió un tumor a tiempo por voluntad del Dios que protege su alma noble y de cómo pusieron cada ladrillo en el centro: “Primero llevábamos la comida a las casas, pero como no veíamos resultados tuvimos que construir el centro. Aquí me siento feliz. Esta es mi familia”. Así, simple y compleja a la vez, es la vida de esta misionera que está siempre dispuesta a ir donde necesiten una mano amiga y una sonrisa eterna e indestructible. De ésas Dios le dio de sobra, para entregarlas al mundo.

© Publicado originalmente en la edición la revista Tendencia Maracaibo

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