Cristina Wilhelm

Ser Inmortal: Del botox a la piedra filosofal

In Periodismo on 7 septiembre 2009 at 2:29 PM
Por Cristina E. Wilhelm
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La obsesión por preservar la juventud o alcanzar la vida eterna es una constante en la historia, el arte, la música, la literatura y más recientemente el cine. Hoy es imposible abrir una revista o ver un poco de televisión sin toparse con un recordatorio de la fragilidad de la vida, que se manifiesta paulatinamente con líneas de expresión, caída del cabello, ojeras, manchas y todos esos imperdonables pecados involuntarios que unidos conforman la vejez: el antricristo moderno. La cosmética y la cirugía estética le han asegurado a los más pudientes un par de años de gracia en juventud, pero el problema existencial que representa una muerte inexorable no ha encontrado ni probablemente encontrará una solución, por lo menos alguna que no implique un pacto con el Diablo. Pues no se trata sólo de vivir por siempre, sino de hacerlo rebozantes de salud, luciendo hermosos y deseables, en fin, con los requisitos esenciales para gozar a plenitud de los placeres terrenales. Una fortuna como esa tiene su precio…
La historia de la humanidad guarda inumerables episodios al respecto. Una de la más interesantes revivió gracias al fenómeno literario y comercial de J.K. Rowling, autora de Harry Potter y la piedra filosofal. Aunque suene a cuento de hadas o ciencia ficción medieval, realmente los alquimistas tenían la obsesión por encontrar la piedra filosofal, también llamada “elixir rojo”, que supuestamente era una sustancia en polvo obtenida mediante complejos procesos de alquimia, que permitían transmutar cualquier metal en oro, además de atribuírsele las propiedades de curar todas las enfermedades y proporcionar la inmortalidad a quien la ingiriera. Nunca se registraron formalmente experimentos exitosos en esta empresa, pero basta decir que se conoce la fecha de nacimiento de muchos alquimistas, pero en la mayoría de los casos sus muertes son un misterio. Esto hizo que en la memoria mítica de la humanidad persistieran algunas historias curiosas y perturbadoras, como el caso de Nicolas Flamel, un alquimista francés que registró en un diario finalmente haber obtenido la piedra filosofal. Aunque su logro fue discutido, lo cierto es que amasó una repentina fortuna y algunas personas atestiguaron haberlo visto después de muerto y enterrado.
Pero el caso más conocido es el del enigmático Conde Saint Germain, de quien se especula vivió durante quinientos años. En una carta que Voltaire escribió sobre él a Federico II de Prusia relataba que era un “hombre que nunca muere y conoce todas las cosas”. Se cree que fue hijo del último rey de Transilvania y era conocido como un noble extremadamente culto, quien permanecía poco tiempo en muchos lugares, errante, sin esposa ni hijos. Quienes le conocieron afirmaban que nunca parecía cansado, que jamás se le vio comer o beber en público y que nunca mostró interés sexual por las mujeres. Algunos de sus biógrafos afirman que adoptó diferentes identidades en cada lugar en que vivió, y aunque su muerte fue anunciada en 1779, a partir de esa fecha se asegura haberle visto en distintos lugares y en diversas épocas, hasta bien entrado el siglo XX. De este personaje también se ha especulado que fue el filósofo Francis Bacon, que colaboró con las investigaciones de Da Vinci y Galileo, y que fue uno de los padres de la masonería. Incluso hay quienes sostienen que también fue el propio Christian Rosenkreutz, fundador de la legendaria logia secreta de los rosacruces, originada en el siglo XV.
Las culturas primitivas utilizaban prácticas como beber sangre de animales, pues creían que este líquido era un elixir de vida. Eso degeneró en la idea de que comerse a un hombre fomentaba la longevidad, dando a su vez origen a prácticas caníbales y a la creencia en vampiros sedientos de sangre. Esto se expresó de forma macabra, sobre todo en casos como el de la condesa rumana Isabel Bathory, quien se bañaba en la sangre de sus sirvientes. Sin embargo, no todas las historias de búsqueda de la inmortalidad implican un derramamiento de sangre. Durante una época se creyó que el último aliento expulsado por un alma transmitía vida, de allí la historia del conde, también rumano, Claudio Hermippus, quien aseguró haber vivido ciento quince años –en una época cuando la expectativa de vida no superaba los cincuenta– inhalando el aliento de jóvenes doncellas.
Otra búsqueda que nunca encontró el éxito fue la de la fuente del elixir de la eterna juventud. Se conoce esta leyenda desde la época de las novelas de Alejandro e incluso hay algunas referencias sobre ella en el Corán (sin ignorar el pasaje que relata el Evangelio según Juan, donde Jesús cura a un hombre con las aguas del estanque de Betesda, en Jerusalén). Pero realmente la leyenda de una fuente con aguas curativas adquirió popularidad con la llegada de los conquistadores españoles a América. Se cuenta que el explorador Ponce de León llegó al Nuevo Mundo animado por la historia de una supuesta fuente de juventud descubierta por los nativos de Puerto Rico. Pero en su búsqueda sólo logró descubrir el actual estado de La Florida. Esa es la razón por la que allí se encuentra el Fountain of Youth National Archaeological Park el cual, si bien no alberga aguas con poderes curativos, recuerda los días de esa sed insaciable.
Así, tras siglos intentando abrazar la inmortalidad, con esfuerzos infructuosos como encontrar el Santo Grial o la Panacea Universal, pareciera que finalmente la mayoría de la raza humana aceptó su destino mortal. Por lo menos muchos nos conformamos con soluciones más modestas que nos permitan simplemente disfrutar el mayor tiempo posible de la lozanía de la juventud. Es imposible no recordar el narcicismo del Dorian Gray de Oscar Wilde, quien vendió su alma para conservar su juventud, mientras un oscuro retrato escondido en su casa, envejecía por él. Hoy no hace falta venderle el alma a nadie, sino gastarse pequeñas fortunas en inyecciones de Botox, cirugías o en un sobrevalorado tarrito de Crème de la Mer. Pero aún así, ese ego del hombre, que no se sacia hasta demostrar que todo lo puede, ha mantenido vivas las esperanzas de algunos científicos quienes, cual puñado de “alquimistas” contemporáneos, no se rindieron. Por ello crearon tecnologías como la clonación y la criogenización, para asegurarse una existencia infinita.
Los nuevos conocimientos sobre el genoma humano y el envejecimiento de las células alumbran la esperanza de una posibilidad. De hecho, en los Estados Unidos existen varias compañías –Alcor, Trans-Time, Cryonics Institute– que albergan a personas que decidieron congelarse antes de morir, para ser despertados en el momento cuando la ciencia haya descubierto la cura de sus males (aprovecho este punto para acalarar que Walt Disney no es uno de ellos). Ante esta insistencia, que a la luz del siglo XXI ya resulta obstinada, me pregunto: ¿tendrá sentido encontrarlo? ¿será buena la inmortalidad? Comedias como La muerte le sienta bien (Meryl Streep y Goldie Hawn) nos parodian un posible escenario, y dramas como Highlanders dejan claro que la inmortalidad es un lugar solitario. ¿Será que el hombre está empeñado en abrir una caja de Pandora que debe permancer cerrada? Probablemente. Quizás seamos como el atormentado Sísifo de la mitología griega, quien fue condenado a empujar una enorme piedra, cuesta arriba, por una ladera empinada, y antes de que alcanzase la cima ésta siempre rodaba hacia abajo, obligándolo a empezar desde el principio.
Al respecto, Albert Camus se valió del mito griego para hacer una metáfora del esfuerzo inútil e incesante del hombre “moderno”, que “consumía su vida en fábricas y oficinas sórdidas y deshumanizadas”. Hoy, el pasaje nos sirve para ilustrar la terquedad del insoportablemente leve ser humano, que no se da por vencido ante una causa perdida. El filósofo y escritor checo Milán Kundera nos regaló en su novela La inmortalidad una pista para entender que la forma más efectiva de vivir por siempre es siendo recordado por lo que hicimos en vida, tal y como Mozart revive cada vez que alguien escucha o interpreta su Requiem. Pues a fin de cuentas, como dijo Freddy Mercury –probablemente sin saber que en tan sólo pocos años moriría de sida: “¿Who wants to live forever?”.
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