Cristina Wilhelm

Ser madre, ser padre…

In Ficciones on 24 septiembre 2009 at 3:18 PM

Por Cristina E. Wilhelm

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Mi mala memoria es legendaria, pero me enorgullece el hecho de que el recuerdo más antiguo de mi vida es de cuando tenía tan sólo tres años. Fue el día en que nació mi hermano menor; estaba junto a mi papá y llegó una enfermera a mostrarnos un pequeño bebé a través de un vidrio. El vidrio tenía además una especie de velo traslúcido que apenas nos permitía reconocer a esa personita, que repentinamente alzó la mano más pequeña que había visto en mi corta vida. En ese momento miré a mi papá a los ojos y sonreí; creo que fue la única vez que lo vi llorando.

Aunque aún no tengo hijos, cada vez que recuerdo ese momento puedo sentir lo que significa que haya una persona caminando por el mundo con tus ojos o tus manos, y hasta con el mal humor que te ataca en las mañanas. Ser madre, ser padre: dos palabras que se pronuncian con simpleza pero que pueden llegar a significar tanto. Dos palabras que a veces se deciden, que a veces te sorprenden, que en ocasiones incluso te escogen sin pedirte permiso, pero que de una u otra forma cambian tu vida por completo.

No quiero caer en el error de ponerme sentimental y contar una historia color de rosa… Ser padre, ser madre, no es tarea fácil. Ser hijo tampoco. Y no puede culparse a nadie por ser imperfecto. En ocasiones los padres pueden ser muy prejuiciosos y los hijos muy rebeldes, pero tengo la certeza de que, sobre todas las cosas, ese sentimiento es el más puro que existe. Incluso el hombre más vil del planeta puede tener la certeza de que siempre existirá un espacio para él en el corazón de sus padres, pase lo que pase… haga lo que haga.

Esa certeza nos obliga a reflexionar sobre lo verdaderamente importante en la vida: el amor entre padres, hijos y hermanos… la familia. Al verlas resulta inevitable ponernos sentimentales y llenarnos de ganas de buscar a nuestras madres y padres para decirles lo mucho que los queremos. Es el único caso en que el ahorro no vale de nada. No importa si están contigo todavía o si ya se fueron a un lugar mejor. Ellos siempre estarán allí y ese vínculo no morirá nunca.

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