Cristina Wilhelm

Apología de la Opulencia (para Latinoamericanos)

In Periodismo on 7 diciembre 2009 at 8:23 PM

Por Cristina E. Wilhelm

Podemos definir el oro como el elemento número 79 de la tabla periódica. También podemos describirlo como un metal de color amarillo cuyo símbolo es Au. Pero ninguna de esas definiciones es capaz de explicar realmente lo que significa para el hombre. Este elemento no es esencial a ningún ser vivo; biológicamente, nuestro cuerpo no lo necesita para nada. Sin embargo, por alguna razón inexplicable, históricamente el ser humano se ha fascinado por su brillo y ha hecho hasta lo imperdonable por poseerlo.

En el Antiguo Egipto, la orfebrería con oro era un arte digno únicamente de dioses y faraones. En el Éxodo bíblico, el mismo Dios ordenó a Moisés construirle un santuario revestido en oro, y los peregrinos desesperanzados de encontrar la Tierra Prometida se fabricaron un becerro de oro para adorar. La historia del Imperio Bizantino está fundamentada en la opulencia áurea, y durante la Edad media, la obsesión de los alquimistas era develar los misterios de la piedra filosofal, esa sustancia capaz de transmutar cualquier metal vulgar en oro. No cabe duda de que el oro es un símbolo de triunfo, poder, longevidad, inmortalidad y grandeza. Es la más alta medalla que se otorga en cualquier evento olímpico. Es el metal con el que se forjan las alianzas entre parejas, es el elemento a través del cual se honra a los dioses, es el metal que glorifica a las celebridades del mundo de hoy.

Lo paradójico de la historia es que América Latina ha permanecido relativamente al margen de su opulencia, a pesar de ser el continente proveedor de oro por excelencia en el mundo. Durante la conquista española, el oro de América sirvió para revestir las grandes construcciones europeas. Y más de uno perdió su vida en la selva amazónica, para encontrar ese lugar mítico llamado El Dorado, el cual se suponía era un reino donde hasta las calles eran de oro. Con acierto afirma Eduardo Galeano, en su célebre libro Las Venas Abiertas de América Latina, que las materias primas resultaron ser la maldición de los países latinos. Lo curioso es que hoy son precisamente esas materias primas las que están sustentando una parte importante de la economía mundial. Los latinoamericanos debemos internalizar que somos una nación donde el lujo es una condición congénita. Nuestros ríos y subsuelos están llenos de oro, diamantes y todo tipo de piedras preciosas. Tenemos además el llamado oro negro, el petróleo,  que se perfila como la esperanza máxima del desarrollo. Debemos extirpar de nuestro inconsciente el complejo de los días en que nuestras tierras fueron saqueadas y dejar, de una vez por todas, de buscar El Dorado, porque siempre ha estado frente a nuestras narices: El Dorado es el continente, es la gente que lucha a diario por forjarse un porvenir, es el hombre que se atreve a soñar una América Latina opulenta y progresista sin sentirse culpable, porque soñar con el lujo no es un pecado.

Publicado originalmente en la edición 48 de la revista Tendencia (2009)

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  1. Profundidad sin caer en lo denso. Acierto absoluto

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